Sueños y distinciones

Una construcción cultural nos lleva a determinar nuestra conducta. Mediante el aprendizaje implícito o un enmascaramiento de lo que vemos y percibimos. Así pues, una de las construcciones culturales más peligrosas en nuestros días son los sueños.

Vivimos a partir de la aspiración. Siempre queremos llegar a algo. Cuando terminamos nuestros estudios obligatorios siempre tenemos que seguir soltando un montante considerable de dinero para llegar a dicha meta. Dicen que nos esforcemos. Como bien sabe el mundo, sin esfuerzo no se consigue nada. Esto bien lo saben en la cúpula del Partido Popular de Madrid. De la manera más sibilina posible, nos venden que tenemos que aspirar al éxito. El modelo a seguir es el de emprender. Quizá ese emprendimiento te lleve a la ruina, pero debes persistir. Debes colocar tus sueños en lo más alto de la colina y escalar hacia ella. Somos vástagos de deseos incontrolables.

Querer llegar a ser algo per se, no es malo. Todos tenemos aspiraciones y luchamos por conseguirlas. El problema reside en quienes nos obligan a creer que esas aspiraciones son las necesarias y si realmente las queremos o son tan solo construcciones que nos dirigen astutamente hacia un espacio delimitado sin darnos cuenta. Desde la cuna ya nos cantan al oído para que nos durmamos y no hagamos ruido. Luego nos incitan a seguir un camino para que tampoco lo hagamos. No hagas ruido. Mira primero por ti, por tu futuro, y la suerte te acompañará. Dobla turnos en el trabajo sin rechistar al jefe. Viaja todo lo que puedas. Aparenta y sigue la moda. Mientras todo eso sucede, una anciana se sube al autobús y somos incapaces de darnos cuenta de que podríamos ceder nuestro asiento porque estamos con los ojos absortos en nuestro móvil de última generación.

A partir de definir nuestras aspiraciones, una vez que tenemos claros nuestros sueños, el siguiente nivel es ser distinto. La base de la distinción reside en el consumo. Ve esta serie, acude a este restaurante y escucha ese grupo de música alternativa. Todo por ser diferente. Una lucha encarnizada por ser el pionero en ese descubrimiento. Ser diferente es algo bueno, ser diferentes nos hace destacar. Tienes que ser el primero en llegar o sino estarás viviendo a remolque.

A priori, no parece que querer descubrir cosas nuevas sea algo negativo, ¿verdad? En absoluto. El problema vuelve a residir en cómo gestionamos y consumimos esos descubrimientos. El descubrimiento de algo se exhibe en un escenario de superficialidad. Conocemos el restaurante de moda de la ciudad, pero desconocemos si a la camarera que nos está sirviendo le pagan las horas extras. Quizá no tenga contrato y pase más de diez horas de pie porque necesita el dinero para dar de comer a su hijo. Mientras eso sucede, tú has subido una foto de cereales de colores a tu cuenta de Instagram.

La sensación de querer ser diferente es prácticamente erótica. Nos pone hacerlo antes que el resto. Lo tenemos que hacer y luego publicitarlo, ponerlo en nuestra biografía de Twitter. Todo el mundo debe saber que soy economista y que me encanta viajar a la India.

A la vez que nos vemos las caras con nuestros sueños y rozamos con los dedos la distinción, existe otra cara del mundo que no puede soñar. Existe otra cara del mundo que tiene que comer toda la semana filetes de pollo del supermercado más barato porque el sueldo o la pensión recortada no pueden estirarse más.

Por un lado nos imponen soñar y ser diferentes; por otro, nos niegan hacerlo. Nos niegan hacerlo porque para algunos es irrealizable. Porque algunos tienen turnos de doce horas y prácticamente no ven a sus hijos. Porque algunos tiene a sus familiares entre rejas por burdas manipulaciones o por escribir unas canciones. La parte del mundo a la que le niegan los sueños, es la parte del mundo que más los necesita.

Mientras que la aspiración y la indiferencia controlada nos llevan a subir nuestras zapatillas nuevas a las redes sociales, una centena de niñas las cosieron por un plato de arroz.

A veces pienso que es necesario inventar otro mundo, porque este está sumido en un absoluto delirio. Esa sensación que nos lleva a aspirar a ser ejecutivos sin conocer el nombre de nuestro panadero.

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Camino del abismo

El barrio estaba sumido en una serenidad canónica hasta que apareció aquella furgoneta delante del local que acababa de ser traspasado. Los vecinos se asomaron a las ventanas para ver que sucedía. Ruido de escaleras y botes de pintura que rompían la calma del vecindario. El único bullicio era el de las chicas y los chicos que corrían y jugaban a la pelota.

Una cuadrilla de obreros descargó la furgoneta a una velocidad electrizante y en poco tiempo empezaron a empapelar todo el local. Para los vecinos, aquellos trabajadores eran perfectos desconocidos. Uno de ellos plantó un cartel en el cristal de la puerta que rezaba: «Próxima apertura, casa de apuestas».

En apenas dos semanas el local estaba completamente cambiado. Antes era una panadería. La panadería de Julián, un conocido del barrio. Tuvo que cerrar porque los gastos le superaban y el nuevo centro comercial de las afueras le estaba haciendo una competencia asfixiante. La competitividad comercial terminó por firmar la defunción económica de Julián.

Cuando los pintores y obreros acabaron la reforma del local, un señor de traje gris muy estirado colocó otro cartel en la puerta: «Próximo sábado apertura. Primeros juegos y apuestas gratis».

La presencia del nuevo local de apuestas inquietó a los vecinos más veteranos del barrio. Todos pensaban en el denostado Julián. Tanto trabajo y toda su vida en los hornos de aquella panadería, y ahora esos hornos se habían transformado en ordenadores y monitores de pantalla plana en los cuales se podían hacer apuestas deportivas.

Llegó el sábado y un hilo musical que viraba entre el tecno moderno y el pop alternativo irrumpió en la tranquilidad del barrio. Unas luces de colores verdes y rojas iluminaban el panel que se podía ver a varios metros de distancia. Neones como aperitivo de un marketing alienante.

Varios jóvenes se acercaron y empezaron a indagar en aquel mundo desconocido. Los primeros juegos eran gratis, así como la primera consumición. Mientras los apostantes esperaban viendo los partidos en las pantallas instaladas en lo alto de las paredes, tomaban cervezas y refrescos para endulzar la ilusión y la adrenalina del dinero apostado. Podría triplicarse y pedir una ronda más de consumiciones para todo el local. Nunca se pensaba en perder la apuesta. Esa era la clave: creer en ello.

Los meses pasaron y la afluencia en la casa de apuestas aumentó considerablemente. El público comenzó a ser intergeneracional: padres de familia, los hijos de los mismos, inmigrantes de las afueras o algunos ancianos conocidos.

Un día Julián apareció en el local.

Aprendió el funcionamiento del juego rápidamente. Tenía algunos ahorros en su fondo de pensiones que guardó cuando traspasó el local y pensó que aquello sería una inversión. «Mi padre me dijo que si trabajaba duro conseguiría lo que me propusiese», pensó.

Julián siempre fue un aficionado al fútbol, le gustaba leer la prensa deportiva por las mañanas y escuchar la radio por las noches. Cada fin de semana que había jornada, Julián abría y cerraba el local asiduamente. Los ojos comenzaban a molestarle, los notaba cargados. Le picaba la cabeza y la ansiedad aumentaba por momentos. Aquella adrenalina era adictiva. La cuerda floja de ganar o perder. Una competición contra el destino. ¿Había algo más heroico que luchar contra la incertidumbre?

La liquidez económica de Julián empezó a sufrir vaivenes. El camino hacia el abismo se había iniciado. Una salida por una carretera desconocida que la cabeza de Julián no era capaz de reconocer. Era algo irracional e incontrolable.

Pasó un mes y las deudas por las apuestas le habían superado. Algunas veces había ganado, pero el beneficio lo volvía a apostar.

Sus conocidos del barrio le decían que aquello iba a acabar con él, que la situación le estaba sobrepasando. Su vida se estaba resquebrajando.

A las pocas semanas, uno de los guardias de seguridad del local tuvo que echarle a la fuerza. Le dijo que ya bastaba, que no tenía más dinero y que se fuese a casa. Julián intentó resistirse. A la adicción de las apuestas también había que sumarle unos cuantos botellines de cerveza.

−¿Sabes que esto antes era mi local? Me lo habéis quitado y me habéis arruinado, hijos de puta.

El guardia agarró por las solapas de la chaqueta al viejo y lo lanzó abruptamente al borde de la acera.

−No vuelvas más por aquí a no ser que te toque la lotería.

Su vida se quedó en la acera. Tenía los ojos vidriosos. Los recuerdos comenzaron a bombardearle. Las primeras barras de pan que hizo y vendió. Los madrugones para dar los bocadillos preparados con fiambre a los jóvenes cuando iban a la escuela. Saludar a las mujeres cuando entraban a la tienda. Su vida y su trabajo se habían derrumbado en cuestión de meses. Todo era frágil y menudo.

Julián llegó a su casa, que era lo único que le quedaba. Menos mal que su hija le convenció para no venderla. Su mirada buscaba pantallas con apuestas, pero encontró la pintura desgastada de las paredes de su salón.

Combatía la ansiedad como podía. Bebió un vaso de agua. El cristal se le resbaló de las manos y cayó al suelo. Vio sus manos ensangrentadas por culpa de los cristales rotos.

Lloró desconsoladamente.

Pensó un instante: «¿En qué momento se torció todo? Yo no me he dado cuenta de nada».

La acera equivocada

Decía mi abuelo que siempre solemos estar en la acera equivocada, históricamente hablando. Cuando nos queremos dar cuenta de que tenemos que cruzar el semáforo se encuentra en rojo y provocamos que un coche frene porque hemos puesto los pies donde no debíamos. El colapso aparece. Tanto en nosotros mismos como en lo que nos rodea.

Puede pasar que lo que nos rodea nos lleve al colapso por cuestiones laborales, sociales o incluso medioambientales. Resulta muy difícil adelantarse al mundo. Nuestra capacidad de anticipación a los acontecimientos se reduce en mirar Twitter antes que nuestro vecino. Una prueba más del deporte que todo el mundo practica consciente o inconscientemente: el individualismo.

Habitualmente buscamos respuestas individuales a problemas colectivos. En el trabajo, en la sociedad o en el medioambiente. Perdemos nuestra capacidad de relación y reacción con el entorno ante lo que pueda pasar, ya sea un conflicto o algo positivo. Si es conflictivo, echamos la culpa al de al lado −mejor si es diferente: negro u homosexual−, y si es algo positivo, nos ponemos la medalla. No importa que sea de oro, hojalata o chocolate.

¿Qué tiene todo esto en común? Que es de cara al exterior. Es la imagen que reflejamos al mundo. Dentro de cada individuo tenemos una lucha constante en algún momento de nuestra vida: la que libran la ilusión y el miedo.

Tenemos ilusión por un cambio vital, pero miedo por las consecuencias. Tenemos ilusión por una nueva relación, pero miedo a que lo podamos estropear. Tenemos ilusión por un proyecto, pero miedo a que se trunque. En general, toleramos bastante mal el error. Como decían en Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo».

Ilusión por emprender un camino. Miedo por no haber emprendido el correcto.

Somos contorsionistas vitales. Siempre en la fina línea entre ilusión y miedo, pretendiendo mantener el equilibrio. El equilibrio necesario para hacer nuestra existencia mucho más tranquila. Buscamos tranquilidad, por eso tememos los riesgos.

Tenemos que aprender a controlar la pértiga que nos impulsa hacia donde queremos llegar. Las piedras siempre van a existir más en un mundo caduco y triste, ese en el que se encarcela la verdad y la mentira se sienta en palcos presidenciales.

Cada cosquilleo por querer cambiar las cosas y emprender un camino debe transformarse en reflexión sobre las condiciones y en un plan de acción para llevarlo a cabo.

En tiempos de fatalismo e incertidumbre, cada voz que quiera gritar será bienvenida. El grito debe resonar por la acera adecuada.

El desorden en Violeta

Ya habían pasado algunos días desde la reivindicación femenina estatal. El poso de las reflexiones hizo mella en algunas conciencias y el camino que emprendían algunos, siempre con pies de plomo, era significativo. Excepto el de arriba, el jefe, que seguía con la misma cara de rancio que endulzaba cínicamente el peso de su cuenta corriente. Había sido una lucha dura, unos preparativos muy tediosos con una labor de charlas y asambleas la mar de largas. Horas con las compañeras haciendo pancartas y concretando los puntos del paro, así como el recorrido de las manifestaciones. En estas ocasiones, Violeta siempre recordaba una frase de su abuela: «La responsabilidad y la causa tienen un precio».

Violeta estaba apurando su almuerzo en la cafetería: descafeinado y fruta. Desde el día de la huelga floreció algo heroico en la mentalidad de Violeta. Se había cerciorado de lo que eran capaces, lo había visto con sus propios ojos. Calles llenas, mujeres ayudándose y un parón total en la oficina. Bebió el último trago del descafeinado y paladeó el orgullo de volver a cruzarse con sus compañeras.

La jornada transcurría en la más estricta normalidad. A media mañana algunas iban a descansar y a tomar el almuerzo mientras otras cubrían esos minutos de relajación. Este ejercicio era rotatorio. Ordenadores portátiles, teléfonos móviles, pizarras de rotulador inundaban las mesas de madera blanca colocadas de manera aleatoria en aquel cubículo bañado de formalismo institucional. Allí se realizaban estudios y planos arquitectónicos. Una vez estaban terminados, iban al ayuntamiento o seguían el cauce natural del mundo: financiación con dinero negro o en alguna papelera.

−María, vete a descansar y a comer algo, que yo estoy ya.

−Gracias, Violeta. La verdad que me muero de hambre.

Violeta reactivó el ordenador de la suspensión y comenzó a abrir todos los programas, donde se reproducían dibujos a escala de edificios.

A pesar de toda la aureola de dignidad que desde el día de las manifestaciones estaba inmersa en el país y en la empresa, algunas cosas no eran tan fáciles. Los hombres hacían su trabajo en la planta de arriba, pero coincidían en la cafetería a la hora del almuerzo. El cruce de comentarios en la barra de un bar es un deporte inevitable.

Desde las miradas de algunos de los compañeros con los que tenía menor relación sentía una incomodidad tangible. Aquel día llevaba un jersey de pico. Las pupilas de los mismos iban en esa dirección. La contradicción afloraba en aquellas prácticas masculinas. A partir de la contradicción se producía el desorden; un desorden directamente conectado con la deontología. Primera sensación de rareza recibida en el cuerpo de Violeta.

Cuando la jornada laboral terminó, Violeta recogió su mesa y dejó anotados algunos recados para el día siguiente en un papel adhesivo amarillo en la parte superior del monitor de su ordenador. Agarró el abrigo del perchero y se fue a casa.

Vivía alquilada en un pequeño piso céntrico de la capital, suficiente para vivir en ese momento de su vida. Una nevera pequeña, una cama confortable y espacio personal.

Se preparó algo rápido para cenar. Dos filetes de pollo con una ensalada de atún y lechuga. Recogió un poco la sala de estar. Después encendió la radio:

«Las mujeres han dado una lección a este país», reproducía la voz de una mujer madura al otro lado del transistor. Una sonrisa se esbozó en el rostro de Violeta. Ya estaban ahí, una vez más, por muchas veces que habían estado invisibilizadas, habían roto la primera puerta de la realidad.

Pasó el debate y la información de servicio hizo acto de presencia. Dificultades de circulación por las carretas a causa de las lluvias y la extraña desaparición de un niño en el sur del país.

«Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado están peinando la zona en la cual se vio por última vez al pequeño», dijo la voz tranquila de un hombre a través del aparato. La voz del locutor podría haber dado otra noticia menos grave con el mismo tono de voz. Inquietante.

La noticia copó los medios de comunicación del país durante los días posteriores. Incluso estaban haciendo campañas en su ciudad natal y algunas personalidades políticas se solidarizaban con los padres y familiares cercanos.

Era domingo por la mañana y el desorden volvió a aparecer en Violeta. Los domingos por la mañana solía pasarlos en casa con la tranquilidad que necesitaba su mente o con la necesidad de su cuerpo para sobreponer la borrachera del día anterior. Todo iba en función de la época. Este domingo era de los primeros. Desayunó un descafeinado y un bollo industrial de chocolate. Era el único que se permitía en la semana, el de los domingos. Enchufó la radio como de costumbre. Las noticias continuaban informando sobre la desaparición del pequeño. El foco estaba completamente mediatizado. Su uso creaba una alarma aterradora en la población. Los debates en los hogares tenían una estructura calcada: todos ejercían de policías y jueces mientras comían el cocido del último de la semana. El siguiente nivel de sensacionalismo en la reproducción de aquella noticia se vio cuando los peores presagios sobre el pequeño se confirmaron. El cariz de la información viró hacia lo violento.

Violeta apagó la radio y la tiró contra el sofá. Escuchar aquella noticia la había dejado exhausta. Apartó la radio que había aterrizado en uno de los cojines gordos color granate y se dejó caer contra el sofá. El desorden volvió a aparecer.

La aparición del desorden trajo la preparación de otro descafeinado, no por la dosis de cafeína reducida, sino por la intensidad del sabor.

«Hacen que giremos nuestros ojos allí donde quieren. Hace una semana éramos personajes históricas, ahora somos crueles asesinas. La dirección del desorden reside en apuntar nuestras conciencias hacia un agujero de decepción».

Violeta terminó el descafeinado. Depositó la taza vacía encima de la mesa baja que estaba encima de una alfombra marrón en mitad del diminuto salón de la casa. Violeta tenía la mirada fija en el techo. Comenzó a sudar sin darse cuenta y su calor corporal aumentó. La sensación de desorden era asfixiante, pero los pensamientos no dejaban de aparecer.

«Todo es destrucción controlada en una inyección de psicología. Quieren que cojamos un barco que nos lleve al puerto de la indiferencia y del no cuestionamiento. El barco se llama superficialidad. La superficialidad es una alfombra lisa e incolora, por la que pretenden que todas andemos con los ojos tristes y envueltos en individualismo. El individualismo es una enfermedad social que lleva a ver el mundo de forma diferente. Después de una ola de dignidad nos están metiendo a la fuerza una dosis de odio y miedo que no merecemos. A partir de esa dosis de odio quieren cultivar las tierras de medidas partidistas y sesgadas».

Violeta pasó el resto del domingo secándose el sudor. El descafeinado se le había acabado.

Volvió al trabajo el lunes y la rutina agresiva se apoderó del desorden. A la misma hora que abrió su oficina, una manifestación de pensionistas se daba dos calles más arriba.

El desorden tiene tres partes: una de dignidad propia y dos de control psicológico con sabor a descafeinado. En el turno del almuerzo fue a la máquina y con una moneda sacó un vaso pequeño de plástico lleno de desorden.

Miradas

Invierno, frío, rutina y autobuses públicos de línea. El enemigo interno siempre será su calefacción. Las miradas que encontraba siempre empapaban su mente con historias para no dormir. Le gustaba pensar en la vida que llevarían o hacia dónde se dirigirían.

Mateo estaba en la misma marquesina que de costumbre. Siempre a la misma hora había algunas caras conocidas con las que ya había escrito su historia mental y había intentado cruzar la mirada. Los ojos de la gente en mitad de la rutina son el espejo de su carácter personal o de la opresión laboral.

Se aproxima a la parada el bus verde con el mismo retraso de siempre, alrededor de un minuto y medio. Mateo ya lo tenía controlado. La gente va subiendo y la cola que se crea al principio va disminuyendo. La tarjeta de plástico fuera de la cartera para picar y un saludo formal a la conductora. Segundo compartimiento de asientos, pasada la puerta trasera. Se sentó en el asiento de la ventanilla de la tercera fila de la derecha. El autobús comenzó su recorrido.

Como norma no escrita, solía ir leyendo, aunque había ratos que esperaba algunas paradas y observaba. Le gustaba ver lo que tenía en los asientos aledaños.

Antes de sentarse, cuando se estaba quitando el abrigo rojo deportivo que llevaba de lunes a viernes por comodidad, vio a dos chicos sentados en la última fila. Vestían chándal y gorra. Uno hablaba de droga y el otro asentía con sonrisas inseguras. Delante, en la fila colindante a la zona reservada para personas con discapacidad había una mujer mayor. Menuda y desubicada. Portaba un bolso marrón que combinaba con sus pantalones. Iba jugueteando con el móvil. Su mirada estaba absorta en la iluminación de la pantalla. Aquellos ojos tristes y absortos por el recibimiento excesivo de luz y la tirantez del gesto de su cabeza humedecieron las sensaciones de Mateo.

A la izquierda de la señora, un hombre joven y flaco. Vestía un mono azul. Los lamparones de grasas eran de un tamaño considerable, igual que su rostro de cansancio. Mateo imaginaba dos opciones para el hombre cuando llegase a su casa: o cogía una cerveza nada más llegar o la cogía después de darse una ducha y masturbarse. O quizá el paternalismo le superó por la primera reacción que la transmitieron sus ojos, rojos y cargados, y aquel hombre después de ducharse y masturbarse bajaba a la asamblea de vecinos de su barrio a debatir y concienciarse.

El vehículo continuaba su periplo ajeno a las imaginaciones de Mateo. Las historias que brotaban por su cabeza a medida que el autobús dejaba parada atrás eran de exclusividad de aquel transporte. La calle era demasiado fría y agitada como para observar e imaginar. La observación era metódica y la imaginación anárquica.

Cuando el autobús pasó la parada del polideportivo del pueblo se subieron cuatro personas. Una madre con su hija. La pequeña tenía voceras de chocolate y un trozo de plástico arrugado y la madre tenía un pañuelo de papel en la mano.

−Irene, mira cómo te has puesto −replicó la madre a aquella cara de mofletes hipnóticos.

Se sentaron en la penúltima fila de la izquierda antes de la puerta trasera.

La mirada de la pequeña incluía inocencia y miedo; la mirada de la madre, desesperación y soledad.

Otro de los pasajeros nuevos era un anciano que tenía que echar mano de todos los agarres de los cuales disponía dentro del autobús para conseguir mantenerse en pie. Cuando consiguió estabilizarse se aposentó en el asiento del pasillo de la fila de la derecha, justo enfrente de la puerta trasera. «Aquello facilitaría su salida», pensó.

La mirada del hombre estaba cubierta de pesadez y umbría. Mateo comenzó a reflexionar momentáneamente sobre aquellos ojos.

«Sus ojos me dicen que está solo. También me lo dice la arruga de su camisa de cuadros. La soledad es más insoportable cada vez que te haces mayor».

Cada brote de palabras en la imaginación de Mateo era un lienzo blanco capaz de ser pintado por cualquier estudiante novel de Bellas Artes, las combinaciones eran múltiples.

La última persona que subió en la parada del polideportivo era una chica joven. Los ojos ya eran conocidos por Mateo, ya que se subía habitualmente a la misma hora que él.

En ese momento las sensaciones de Mateo se disparaban. Era el principio y el final de sus imaginaciones, cada vez escribía mentalmente una historia diferente con aquella joven. Aquellos ojos vivaces e inquietos mezclados con el verde claro de su iris le parecían interesantes. La joven ocupó el asiento de la ventanilla de la segunda fila de la izquierda, justo detrás de la mujer de bolso marrón y el móvil.

Pelo castaño liso sin recoger y pómulos generosos. Siempre iba interna en una bufanda kilométrica de cuadros marrones y blancos por la cual sobresalía un cable blanco y fino que iba desde su teléfono móvil hasta sus oídos.

En alguna ocasión Mateo también se había fijado en sus curvas. «Algo inevitable», pensaba. Siempre portaba pantalones muy diferentes: vaqueros clásicos ajustados o de rayas finas. Nunca le cubrían hasta el tobillo. Su actitud en el bus era de funcionaria. Sus viajes eran gestualmente idénticos.

Mateo siempre tenía un ojo puesto en ella de manera indirecta, esos ojos vivaces le transmitían confianza y la oportunidad de vertebrar una historia durante el trayecto. Pero eran historias que duraban menos de dos paradas, porque cada vez que subía gente le cortaba el nudo de la historia.

El juego era divertido. El viaje se pasaba más rápido y la imaginación se le disparaba. Aunque tenía un elemento psicológico para el joven: veía la sociedad mediante las miradas.

Tristes, abyectas, destruidas eran las miradas más habituales que subían desde las marquesinas y se bajaban más tristes, abyectas y destruidas. Por eso los ojos de aquella joven siempre le producían esa sensación de creación.

La sociedad que tenemos está en los ojos de cada individuo y la sociedad que deseamos está en la imaginación.

Las miradas transmiten pero las miradas imaginadas transmiten esperanza y utopía.

¿Qué tiene de malo imaginar la utopía aunque sea durante un breve trayecto de autobús?

Mateo llegó a su destino. La oficina del paro.

Eternidad

Se encontraba sentada en el mismo sofá que todos los días. Miraba el mismo armario que ya tenía más de veinte años, algunos menos que la casa. La madera estaba desgastada, pero el color marrón aguantaba con firmeza. La puerta era de un ocre suave, que también se veía en los pequeños pomos de la puerta.

Ella se encontraba con una manta de punto. Desprendía calor y su cuerpo lo agradecía.

Las horas caían y los pensamientos iban y venían. A su lado, tenía una pequeña botella de agua a la que daba pequeños sorbos para hidratar la garganta y combatir su sequedad. Tenía que sujetarla con las dos manos cuando necesitaba beber.

De vez en cuando, se levantaba y daba paseos por la casa, con ayuda de una garrota del mismo color del armario. Marrón, pero algo más intenso. Aquellos pequeños pasos le activaban el cuerpo y le refrescaban la mente. Mientras caminaba lentamente, veía las fotografías de sus nietos y nietas. Unas, graduadas en el instituto; otros, haciendo la comunión. También aparecía alguno de sus hijos cuando contrajeron matrimonio, así como algún familiar que ya no se encontraba con ella.

En cada foto estaba un recuerdo imborrable de su vida. En algún momento que la nostalgia subía a sus hombros, derramaba lágrimas en señal de todo lo que no volverá. Pero siempre lo que no volverá y fue entrañable, será eterno.

 

Los días eran como un círculo: cerrado y repetitivo.

Por las mañanas se preparaba desayunos simples. Café con leche y alguna tostada de pan de molde. Rara vez comía bollos. Debía controlar el azúcar.

Al mediodía freía algún filete y lo acompañaba con verduras de bote. Los brazos ya no aguantaban mayor ejercicio. Deglutía aquellos alimentos acompañada del sonido del telediario. Siempre daban noticias de política, muertes y deportes. En ese orden. Algo que le cansaba y siempre llegaba a la conclusión de que todo lo que pasaron durante muchos años cayó en agua de borrajas debido al presente que ahora tenemos. No ya el suyo, sino el que tienen que soportar sus nietos y nietas.

Las tardes se articulaban entre siestas y piezas de fruta. Luego, ver algún programa de entretenimiento o leer las revistas que dejaba su hija cuando iba a visitarla.

Caía la noche y la rutina no variaba especialmente. Recibía alguna visita de las vecinas de confianza y todavía ágiles para charlar y comentar alguna información del barrio. El tema mortuorio siempre era recurrente, ya que sus amistades se iban desvaneciendo poco a poco.

En ocasiones, a primera hora de la noche, también llegaba su hija, para ver si necesitaba algo y recordarle la importancia de las pastillas que debía tomar en la cena.

Aquello se repetía día tras día. Solo cambiaba una cosa: sus recuerdos.

Unos días recordaba el día que se casó otro, el día que empezó el noviazgo con su difunto marido. También recordaba las penurias de la dictadura. Luego recordaba las penurias con música disco que pasó en la transición.

Siempre se acordaba del nacimiento de sus nietos y nietas: cuando empezaron a gatear o andar, sus primeras papillas, los primeros días de colegio… Tenía la suerte de haberlos conocido a todos, todos vivían en el pueblo y los fines de semana siempre se dejaban caer por la casa. Serían los días importantes de la semana. La casa se inundaba de una alegría efímera.

Los recuerdos aparecían como alfileres, pequeños pero punzantes.

El fallecimiento de sus padres, las bodas de sus hijos, las comuniones de sus nietos (no todos la hicieron). Cambios en la presidencia del gobierno, intentos de revueltas sociales, huelgas generales, las primeras películas en la gran pantalla y un mundo que se contaba por la televisión que nunca conoció.

Lo único que tenía era su familia y su barrio. Ahora tanto una como el otro, eran recuerdos. Recuerdos de su vida. Recuerdos de su familia. Recuerdos de su país.

Cada día mirando el marrón del armario aparecían en su mente.

Pase lo que pase en los próximos años, los recuerdos de aquella anciana y los de toda una generación, serán enérgicamente eternos.

Desconectado

Una alarma programada por el propio dispositivo electrónico hizo indicar que la batería estaba completamente cargada. Al darse cuenta, Héctor se levantó del sofá y se dirigió directamente hacia la encimera del salón para quitar el enchufe de la corriente y el cabezal del cargador del teléfono. Después, realizó el mismo recorrido hacia el sofá pero con el teléfono móvil en la mano.

Una vez sentado, comenzó a toquetear las aplicaciones. Indagó sus fotos por centésima vez en lo que iba de semana, vio que eran las mismas y sonrío vagamente. Comprobó sus mensajes instantáneos, contestó los necesarios de los conocidos y cerró la aplicación. Bloqueó el móvil con su dedo pulgar pulsando un botón fino que se situaba en el borde derecho del aparato.

Suspiró y dejó caer el móvil entre sus piernas, cayendo este sobre el relleno del cojín que daba forma al sofá, decorado con motivos granates. Apoyó la parte baja de las manos sobre sus rodillas y empezó a jugar con los dedos tocándose levemente las articulaciones. Sus ojos miraban al techo, vacíos y sin punto fijo.

Miró hacia los lados y vio que no había nadie. Volvió a recorrer con sus ojos las paredes del salón y llegó a la conclusión de que tenía que renovarse la pintura. A los pocos minutos, volvió a mirar el móvil y realizó el mismo proceso que hizo pocos instantes antes.

Llegó a la descarga de aplicaciones y vio que había una que traficaba con los sentimientos. «Encuentra el amor por todo el país con toda nuestra fuente de información» rezaba la descripción de la aplicación. Los ojos de Héctor quedaron clavados. Instintivamente su dedo índice se deslizó hacia la opción de descarga. En pocos minutos el acceso directo al amor, o eso decía, estaba al alcance de sus manos.

Gestionó las obligaciones iniciales, se registró y puso información sobre él. Sus gustos musicales, sus aficiones, deporte y cine, lo mucho que le gustaba estar con sus amigos o salir de fiesta. Se definió como una persona sencilla y sin sobresaltos en la vida, y que quería encontrar a alguien especial. Cuando terminó, pulsó aceptar y el mundo del amor virtual se le abrió ante sí.

Con sus dedos podía aceptar o rechazar a quien quisiese, si alguien no le entraba por los ojos o tenía gustos culturales diferentes, las desechaba. Héctor buscaba alguien del sexo opuesto.

Así se tiró diez minutos sin parar, aceptando y rechazando lo que quería. Por un momento, se sintió poderosos. Esa libertad de elección que brindaba el mundo digital le hizo sentir bien. «Seguro que encuentro a alguien similar a mí» −pensó−. Mientras, seguía buscando.

A los pocos minutos, le saltó una notificación dentro de la aplicación. Alguien quería hablar con él. Los ojos de Héctor se iluminaron y buscó con rapidez las fotos de su enlace virtual prematuro. La susodicha se llamaba Andrea. A los ojos de Héctor, era aceptable. No deslumbraba con fotos espectaculares y eso siempre sería un plus para él.

Automáticamente comenzaron a hablar. Héctor quiso romper el hielo de alguna forma divertida y simpática, pero la sensación de no gustar y de empezar con el pie cruzado le pudo. Entonces se puso un disfraz clásico y caballeroso:

−¿Alguien interesante por aquí? −escribió con sus dedos sobre el teclado que ofrecía el móvil.

Por unos segundos el tiempo se detuvo para Héctor. No sabía si había empezado bien. Esperaba ansioso una respuesta. En lo que esperaba la respuesta, volvió a repasar los intereses de Andrea: jugaba al ajedrez y le gustaban las series, así como la escalada y salir con sus amigos. Se definía como alegre y afable.

Las sensaciones de Héctor despertaron cuando notó la vibración del móvil. Era la reacción del dispositivo que hacía presagiar que la primera frase de aquella conversación había sido acertada. Así fue. Andrea contestó:

−Yo soy interesante, tú me lo tienes que demostrar. Encantada, amigo virtual.

La sorpresiva contestación de Andrea entró como una llave en una cerradura perfectamente engrasada. Los minutos siguientes se definieron con un ir y venir de buenas palabras, como una carta de presentación de cada persona.

−A mí me gusta mucho DiCaprio −afirmó Héctor. Creo que es un actor con muchos registros.

−Su interpretación en Shutther Island me deslumbró −contestó Andrea demostrando que sabía el espacio cultural que estaban ocupando.

Después de una reciprocidad comunicativa distendida y alegre, aunque quizá excesivamente continua por parte de Héctor, la frialdad se apoderó de algunos momentos. Andrea sabía guardar la distancia. Ambos decidieron que ya seguirían hablando.

−Ha sido un placer conocerte y me gustaría seguir hablando contigo −dijo Héctor con una felicidad en los ojos a todas luces infantil.

−Igualmente, ha sido divertido. Quizá en algún otro momento sigamos hablando −cortó Andrea la conversación con un punto de frialdad que ella veía necesaria.

Héctor, con una sensación agridulce por su despedida, hizo un balance mental positivo de lo que había ocurrido en las últimas horas. La pintura de las paredes de su casa ya le resultaba fantástica y pulcra. Aquella conversación le había inyectado una positividad infundada y débil, pero que él valoró.

Se preparó algo rápido para cenar y durmió.

Al día siguiente lo primero que hizo al despertar fue mirar el móvil. Andrea no había contestado. Así pasaron los siguientes días.

Héctor consultaba la aplicación constantemente, pero sus mensajes no llegaban. Al final de la semana, se encontraba sentado en el sofá. En la misma posición que hacía unos días cuando se descargó aquella aplicación.

Con las manos apoyadas sobre las rodillas y con la mirada perdida, reparó en la pintura del salón. Decidió buscar el teléfono de algún pintor que le arreglase aquella palidez estética.